Fran andaba bastante despistado. Tan pronto le ponía sal al café con leche, como guardaba los calcetines limpios en el frigorífico. Y es que últimamente el estrés había hecho mella en él. El trabajo le caía encima como una losa, su vida conyugal no pasaba por su mejor momento, y además estaba el tema de los hombres verdes. Sí, sí… no levantes las cejas, lector. Fran era vigilado por secuaces vestidos de verde, que controlaban cada paso que éste daba, al estilo de las series americanas de sobremesa que tanto le gustaban antaño, y que ahora no soportaba. En ocasiones, nada más poner un pie en la calle al salir de casa por la mañana, ya le estaban esperando, observándole subrepticiamente desde cualquier esquina, u ocultos tras un árbol. Estaba convencido de que el gobierno conocía sus escarceos con hacienda, o que su mujer, haciendo gala de su comportamiento rastrero, los había contratado para averiguar si la engañaba con otra. Todo era posible viniendo de ella. El año anterior había esparcido harina por el suelo de la cocina para saber si había estado en casa con alguien más. Ella se empeñó en convencerle de que la bolsa se le había resbalado de las manos… Sucia mentirosa.
Fran decidió llevar siempre consigo un cuchillo de mesa que cogió del cajón de los cubiertos, en previsión de que las cosas se pusieran feas, pues cada día los hombres verdes tomaban menos precauciones en ocultarse. Estaba seguro de que los acontecimientos estaban a punto de precipitarse, y prefería ir prevenido. -Sólo me quitarán el cuchillo de mis frías manos cadavéricas… ¡Ja, ja, ja! – miró rápidamente alrededor para ver si alguien le había visto reírse sólo como si estuviera loco, pero no podía parar de hacerlo. Fran se dobló sobre sí mismo sin poder evitar las carcajadas.

-Manolo, ya está otra vez ahí ese tío que cada día nos mira como si fuéramos asesinos.
Los dos barrenderos conversaban en voz baja, disimulando.
-Sí, y hoy se ríe como si le fuera la vida. Si no fuera por la cara de capullo que mete, empezaría a estar acojonado.